Lo primero que recordaba al pensar en él era ver como un chico
desvergonzado a toque de pecho decía su nombre como si de un indio se tratase.
Ahí empezó una canción que ningún músico sabía interpretar. En un pentagrama
arrugado estaban desdibujadas aquellas notas que ni la propia compositora
entendía, después de seis veranos logró darse cuenta del porqué de cada
sostenido. Y ahí, sentada frente al piano fue cuando sus dedos empezaron a
deslizarse por las teclas de sus recuerdos, uniendo cada nota se disiparon las
dudas.
Aquella canción paso a convertirse en una historia, que solo
ella o él pueden entender. Una amistad
que los dos se empeñaban en mantener con confidencias de mes a mes.
Sentimientos que quizá siempre estuvieron ahí pero ninguno fue capaz de
definir, al menos ella nunca llegó a ser totalmente consciente con el
inconveniente de que siempre alguien iba a rescatarla de ese mar de dudas. Ella
se dejaba hacer, abría el grifo y guardaba todas esas dudas en su bolsillo
mientras miraba a los ojos equivocados.
Ella lo hizo mal, hizo un daño quizá irreversible. Pasado el tiempo, la
historia se volvió a repetir con la diferencia de que los papeles se cambiaron.
Ahora era ella quién por fin conseguía terminar aquel puzle y él quien había
empezado otro distinto. “Nunca se me dieron bien, siento haber tardado tanto”
dijo ella a lo que él respondió “ Te esperé tanto tiempo que lo perdí y tuve
que comprar otro nuevo”. Y allí, ella se quedó envuelta en un vaho de
sentimientos opuestos, de errores, de tiempo perdido, de desilusión y allí, se
grito a si misma que quizá nunca debería haber encontrado aquellos sentimientos
en aquel momento.
Y hasta aquí puedo contar, dos relojes mal ajustados,
momentos que nunca supieron buscarse. Descoordinación de sentimientos que quizá
algún día se griten al mismo tiempo.
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