domingo, 29 de abril de 2012

el puzle perdido.


Lo primero que recordaba  al pensar en él era ver como un chico desvergonzado a toque de pecho decía su nombre como si de un indio se tratase. Ahí empezó una canción que ningún músico sabía interpretar. En un pentagrama arrugado estaban desdibujadas aquellas notas que ni la propia compositora entendía, después de seis veranos logró darse cuenta del porqué de cada sostenido. Y ahí, sentada frente al piano fue cuando sus dedos empezaron a deslizarse por las teclas de sus recuerdos, uniendo cada nota se disiparon las dudas.
Aquella canción paso a convertirse en una historia, que solo ella o él pueden entender.  Una amistad que los dos se empeñaban en mantener con confidencias de mes a mes. Sentimientos que quizá siempre estuvieron ahí pero ninguno fue capaz de definir, al menos ella nunca llegó a ser totalmente consciente con el inconveniente de que siempre alguien iba a rescatarla de ese mar de dudas. Ella se dejaba hacer, abría el grifo y guardaba todas esas dudas en su bolsillo mientras miraba a los ojos equivocados.  Ella lo hizo mal, hizo un daño quizá irreversible. Pasado el tiempo, la historia se volvió a repetir con la diferencia de que los papeles se cambiaron. Ahora era ella quién por fin conseguía terminar aquel puzle y él quien había empezado otro distinto. “Nunca se me dieron bien, siento haber tardado tanto” dijo ella a lo que él respondió “ Te esperé tanto tiempo que lo perdí y tuve que comprar otro nuevo”. Y allí, ella se quedó envuelta en un vaho de sentimientos opuestos, de errores, de tiempo perdido, de desilusión y allí, se grito a si misma que quizá nunca debería haber encontrado aquellos sentimientos en aquel momento.

Y hasta aquí puedo contar, dos relojes mal ajustados, momentos que nunca supieron buscarse. Descoordinación de sentimientos que quizá algún día se griten al mismo tiempo. 

sábado, 28 de abril de 2012

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Me quedé con los pies fríos. Como un libro con las hojas arrancadas. Como tú la primera vez.
A veces hace falta valor, echarle tres pares de cojones y doblar la incertidumbre, el miedo y tirarlo por la ventanilla del coche, mirar por el retrovisor y ver como vuela en dirección contraria a la tuya.  ¡Qué narices! ¿Por qué no lo has hecho?  Ni siquiera has intentado correr y subirte al último vagón, has preferido esperar al siguiente. Y así fue como la victoria vino a visitarme porque le pillaba de paso y según se marchaba me susurro al oído que eres un cobarde.
“Qué la suerte te acompañe”  y te sepa bien, pero recuerda que no es plato de buen gusto ser el segundo.