lunes, 28 de noviembre de 2011

Y sigues y sigues...

Toda la vida corriendo de un lado para otro. No te das cuenta de lo que pasa a tu alrededor hasta que el semáforo se pone en rojo. Solo unos segundo para mirar las caras que te rodean. Verde. Y sales zumbando. Y sigues y sigues y sigues y sigues...de pronto te das cuenta de que todas las personas que pasan por tu lado son gigantes…que sensación tan extraña, piensas. Todos pasan muy deprisa y tú lloras. Una voz te recuerda que estas en el suelo, y una mano te levanta. Pero si tengo piernas, piensas. No creía poder salir de ese agujero, dices. ¿Agujero? ¿Cuál?  Y ríes. Miras tus piernas, estáis aquí. Vas a salir pitando cuando piensas que no te has fijado en aquel rostro que tan gentil te sonrió. ¡Mierda! Mal dices. Y de pronto miras a tu derecha y ahí está corriendo a tu lado. ¿Otra sonrisa? ¿Otra mirada? Espera, me es familiar te dices a ti mismo. Un recopilatorio de imágenes se te vienen a la cabeza, y esa cara aparece en todas, pero no es posible, tú te habrías dado cuenta. ¿Llevas conmigo todo este tiempo? ¿Corriendo a mi lado, eliminando los baches, cantándome canciones para dormir, prestándome pañuelos…?  Sí, dice esa cálida voz.  Y es cuando te das cuenta de que la velocidad solo es para los que huyen. Para los que tienen miedo de querer. Para los que no quieren compartir ni un segundo de su vida con una caricia. Para aquellos que no exprimen cada momento de sus vidas, lo saborean, lo huelen, lo palpan. En definitiva aquellas personas cobardes. ¿Y sabes qué es lo que más me preocupa? Que estas personas tan metidas en su papel de correcaminos no llegaran a darse cuenta nunca de que hay una persona que les cuida en las noches de tormenta de lágrimas, cubriéndoles de un fino y casi imperceptible abrazo. Por eso yo, ahora, me dejo llevar por la brisa de la voz que hizo que mi semáforo se volviera siempre del color ámbar.